La catarata de agravios y la intolerancia a la discrepancia y a la oposición que caracteriza a la retórica del presidente es una forma de autoafirmación e indicio de una inseguridad profunda; un fenómeno observado en innumerables liderazgos de la historia, que no tuvieron un final feliz.

Muchos psicólogos y psiquiatras (quizá la mayoría) esquivan el análisis de las personalidades de los hombres públicos bajo la excusa de que es imprescindible la entrevista personal para avalar sus conclusiones. Según ellos, es poco ético que un psiquiatra ofrezca un diagnóstico profesional sobre una figura pública que no ha examinado personalmente.
Como no soy psicólogo ni psiquiatra, no tengo ese problema y puedo impunemente juzgar a la luz de los estándares que todas las personas manejamos si determinadas evidencias nos permiten afirmar que estamos ante un desquiciado, o no.
La ironía y el contrasentido de lo afirmado por los psicólogos es que quien tenga oportunidad de la mentada entrevista personal tampoco podrá informarnos nada, porque estará obligado por el secreto profesional. En segundo lugar, nos veríamos impedidos de analizar los personajes de la historia por carecer de la susodicha entrevista personal, salvo que se tengan contactos en el más allá - como ocurre con algunos presidentes que se comunican con sus canes fallecidos -.
Lo cierto es que esto del imprescindible contacto "tête-Ó-tête" parece un macanazo de toda regla. Casualmente, aquí tropezamos con la "Regla de Goldwater", formulada por la Asociación Americana de Psiquiatría en 1973, a raíz de que, en 1964, durante la campaña presidencial estadounidense, la revista Fact Magazine publicó una encuesta en la que preguntó a más de 12.000 psiquiatras si el candidato republicano Barry Goldwater era psicológicamente apto para ser presidente. Respondieron unos 2.400, y una mayoría declaró que no lo era, diagnosticándolo con todo tipo de trastornos, aunque nunca lo habían examinado. Goldwater demandó a la revista y ganó el juicio, ya que lo que había perdido eran las elecciones.
Sin embargo, las reglas están hechas para romperse. Recientemente, cuando Donald Trump llegó a la presidencia en 2017, un grupo de psiquiatras y psicólogos encabezados por la doctora Bandy X. Lee, de Yale, publicó el libro The Dangerous Case of Donald Trump (2017), firmado por 27 profesionales de la salud mental, argumentando que tenían una "obligación de advertir" al público sobre lo que consideraban un peligro para la nación. Lamentablemente, no fueron escuchados, y hoy tenemos a un delirante jugando con el planeta Tierra como en la famosa escena de El gran dictador de Chaplin.
Lo cierto es que no puede rechazarse científicamente un diagnóstico por falta de contacto directo, ya que la entrevista personal es una convención clínica, no un requisito científico absoluto. La validez de un diagnóstico depende de la calidad y cantidad de información disponible, no del canal por el que se obtuvo.
Ahora bien, el lector habrá pensado que todo este preámbulo es la introducción para analizar la conducta de nuestro presidente, al que llamaremos "O sea Digamos", en homenaje a su muletilla más característica, atrozmente repetida hasta el paroxismo, y que delata algo que el psicoanálisis conoce bien: la desesperada necesidad de llenar el vacío del discurso cuando el pensamiento no alcanza a sostenerlo solo. Veamos ese análisis; no lo voy a defraudar.
La paranoia
En primer lugar, debemos comenzar por definir la patología que más se acercaría al Capitán Ancap (*): la paranoia. La psiquiatría supone que ceden a la paranoia personas en apariencia adaptadas, pero interiormente frágiles. Una fragilidad que podría remontarse a una primera infancia en la que reinaron la frialdad afectiva y los conflictos: algo que encontramos en la vida de Hitler y de Stalin. Ante este tipo de padecimientos, muchas personas reaccionan de modo compensatorio, desarrollando procesos mentales de lógica formal rígidos, fríos y a menudo alejados de la realidad.
Cabe aclarar que la paranoia, en su versión atenuada, se vende y se compra todos los días en medio de la multitud, no en los institutos psiquiátricos. No es un territorio exclusivo de los manicomios. Es una dimensión del funcionamiento mental humano normal, que en circunstancias determinadas puede activarse en cualquiera. En consecuencia, se considera a la paranoia no tanto como una enfermedad, sino más bien como una posibilidad presente en todos nosotros: como un arquetipo, en el sentido que le da a este término Carl Gustav Jung. Este rasgo psicológico puede aparecer un día cualquiera en una persona cualquiera. Es el pequeño Hitler en nuestro interior, el también llamado "enano fascista" que todos albergamos. El paranoico presenta un mal originario que es la falta de autoestima, su crítica tiene un solo sentido y no es flexible. Puede tender hacia el sarcasmo y, más allá, hacia el odio, pero no hacia la auto ironía, porque al criticarse teme destruirse. La sospecha invade de modo indefectible al paranoico. La desconfianza no es necesariamente infundada, pero resulta excesiva y distorsionada. Puede suceder que aquel de quien se sospecha sea en verdad un adversario, pero no por eso está complotando para destruir a quien sospecha. En la sospecha, la presencia de enemigos y su número tienden a crecer incluso en ausencia de motivos. En las formas más graves se los encuentra por todas partes: se llega así al síndrome de acorralamiento y a la convicción de ser víctima de un complot. Si el paranoico sufre una ofensa, reacciona de manera desproporcionada: su réplica es exagerada porque está convencido de que esa ofensa es solo el comienzo de una persecución.
"Su narcisismo es el rasgo más fácil de reconocer en todo el cuadro. Presenta todos los síntomas típicos de una persona extremadamente narcisista: solo se interesa en sí mismo, sus deseos, su pensamiento, sus anhelos; hablaba interminablemente de sus ideas, su pasado, sus planes; el mundo es real en tanto es el objeto de sus proyectos y deseos; los demás importan solo en tanto le sirven o puede utilizarlos; él siempre lo sabe todo mejor que nadie. Esta seguridad en sus ideas y proyectos es característica típica del narcisismo intenso. Relacionada con su narcisismo está la patente falta de interés por nada ni nadie que no fuera para su servicio, y su frío alejamiento de todos. A su narcisismo absoluto correspondía una ausencia casi absoluta de amor, ternura o simpatía por nadie."
El párrafo precedente, entrecomillado, es posible que mentes aviesas —mandriles comunistas— hayan pensado que se refiere a nuestro amado presidente. ¡Cuánta maldad! Es un párrafo extraído del libro Anatomía de la destructividad humana de Erich Fromm (1973), específicamente del capítulo 13 dedicado al análisis clínico de Adolf Hitler.
No ofendan a nuestro presidente: él tiene rasgos propios que no piensa compartir con nadie.
- a) Se autodenomina "el mejor presidente de la historia argentina" y "el líder de la revolución más importante del mundo". Milei ha usado explícitamente lenguaje mesiánico: se describe como un "instrumento de Dios", habla de una "misión histórica" y consulta decisiones con médiums y con el espíritu de su perro fallecido. Fromm analizó este tipo de grandiosidad como una forma de narcisismo que se vuelve peligrosa cuando se ejerce el poder, porque el líder empieza a confundir su voluntad con la voluntad divina o histórica.
- b) Descalifica sistemáticamente cualquier saber que contradiga el suyo —economistas, científicos, organismos internacionales— y tiene una marcada dificultad para admitir errores, tanto en público como en privado. Fromm describe en El miedo a la libertad cómo el carácter autoritario divide el mundo rígidamente entre puros e impuros, salvadores y destructores. En Milei esto aparece como: "la casta" vs. "el pueblo" o "la libertad"; los que están con él son héroes; los que se oponen son corruptos o enemigos de la humanidad. Esta lógica no admite matices ni posiciones intermedias.
- c) Theodor Adorno y su equipo describieron en La personalidad autoritaria (1950) un tipo que combina sumisión hacia quienes percibe como superiores y agresividad hacia quienes percibe como inferiores o distintos. En Milei esto se observa como una sumisión marcada hacia figuras idealizadas —Hayek, Mises, Rothbard, Trump, Thatcher—, a quienes cita casi como autoridades religiosas, y, como contrapartida, una agresividad intensa hacia periodistas, académicos, organismos públicos, feministas, etc.
Párrafo aparte merece la inapropiada y desquiciada catarata de insultos que forma parte de su lenguaje habitual, con la cual Freud se haría un festín dadas sus permanentes referencias escatológicas y sexuales. Nos gobierna un presidente que habla de niños envaselinados, que habla de "estar entre sus sábanas", que esta semana dijo: "No es ver cómo me masturbo mejor con un modelo; es que tengo que tomar decisiones en un mundo con una incertidumbre de la reputa madre", y que tiene una obsesión anal permanente.
Un presidente que insulta sistemáticamente a periodistas, opositores y ciudadanos ejerce un poder real sobre personas reales. Que eso pueda tener raíces en una infancia dolorosa lo hace más comprensible como fenómeno humano, pero no menos dañino como fenómeno político.
Por favor, queridos lectores, a la luz de lo relatado y de sus consecuencias, debo pedirles encarecidamente: cuiden, mimen y quieran mucho a sus hijos.
(*) Capitán Ancap, el superhéroe anarcocapitalista con el que se disfrazaba Milei en 2019 durante una convención de anime. Recientemente, en enero de este año insistió con el comic, pero auto promocionado a "General" (narcisista ¿yo?)





