Estamos en manos de un cruel. De alguien que disfruta provocando dolor en el otro. Al otro le dice que es por su bien, y le vuelve a pegar.

 

El mismo argumento esgrimieron Martínez de Hoz, Cavallo, Dujovne. El de la luz al final del túnel que nunca llega. Calvario que tenemos que pasar por nuestros pecados del pasado.

 

Pero acá nadie está pagando un pecado. ¿Qué pecado puede ser vivir en una hermosa Nación?

 

Pero Milei disfruta su crueldad.

 

A los jubilados nos golpea todos los miércoles, primero de la mano de otra cruel como Patricia Bullrich. Y ahora, Alejandra Monteoliva.

 

Disfruta sacándole las prótesis a los desvalidos y los remedios a los enfermos terminales, para que así sufran ellos y sus familias.

 

Disfruta cerrando empresas que son deficitarias porque él, con sus políticas crueles, terminó con el mercado interno y miles de empresas cierran y este número crece aceleradamente. Y perdemos puestos de trabajo cada día.

 

Y el descontento social crece.

 

La crueldad de Milei tiene tres épocas, tres períodos a los que hace referencia.

 

En primer lugar, aplicó su crueldad sobre nuestro pasado. En esto fue igual a Macri. Todo el pasado es un gran fracaso. Desde que aparecieron los movimientos populares con el radicalismo de Yrigoyen, desde la Ley Sáenz Peña, con su voto universal, en adelante, todo estuvo mal.

 

Por eso se refiere al siglo XIX como punto de referencia, la época donde la desnutrición y el analfabetismo eran la moneda corriente, cuando la mortalidad infantil estaba por las nubes y el voto era calificado y a cuchilladas.

 

Esa es su referencia. Una época de miseria.

 

Quiere destruir nuestro pasado para instalar como verdadero un país que nunca existió.

 

Luego se dedicó a la destrucción de nuestro presente, rompiendo todos los acuerdos sociales a los que habíamos llegado desde siempre.

 

La Ley de Modernización Laboral destruye una Ley trabajosamente construida desde hace 140 años y hoy, con una sonrisa en sus labios, la pretende instrumentar.

 

“AMO”, dijo Javier ante las cámaras, refiriéndose al sufrimiento de los otros.

 

Así, otros derechos van siendo eliminados y las conquistas destruidas en el presente, o enajenadas, vendidas al mejor amigo.

 

Pero ahora quiere perfeccionar el nivel de su maldad, de su crueldad.

 

Porque un pueblo que pierde esperanzas en un futuro mejor, pierde la voluntad de lucha.

 

Es la máxima conquista de todo estratega militar. Doblegar la voluntad de lucha del enemigo, para que se rinda sin pelear.

 

Insisto, para que nos rindamos sin pelear.

 

De esto se trata este conflicto con las universidades.

 

No son los pocos pesos que se ahorra congelándole los sueldos a los profesores o a los investigadores.

 

Se trata de arrancarle al pueblo la esperanza de tener un “hijo doctor”, que caracterizó a nuestro país cuando todavía era una Nación con futuro a construir.

 

Si desaparece la posibilidad de progreso, ¿cuál será el entusiasmo para enfrentar estas políticas de destrucción?

 

Ayer (por el 12 de mayo pasado) se vio cómo la voluntad de lucha de este pueblo argentino está presente.

 

Ayer vivimos una jornada monumental porque millones de argentinas y argentinos salimos a las calles a defender la universidad.

 

Pero no se trata solo de la universidad.

 

Por lo que acabo de decir, fue una profunda marcha política y bienvenida sea. Política que pretende reconstruir el destino de nuestro pueblo.

 

Allí estuvimos estudiantes secundarios, colectivos de género, todas las facultades, todos los gremios y sindicatos, así como las centrales obreras y las agrupaciones y partidos políticos. Pero, sobre todo, estábamos nosotros, el pueblo defendiendo un sueño, el de un futuro posible. El de un país devenido en nación nuevamente. Aquella Argentina que tuvimos y podemos recuperar aun mejorada, con crecimiento, justicia social, soberanía y paz social.

 

Se trata de recuperar esa fibra íntima de resistencia del argentino: la que el Martín Fierro ya mostraba. Nuestra rebeldía, nuestra indignación por la injusticia. La capacidad de sacrificio enorme en defensa de lo que es correcto.

 

¡La crueldad tiene que terminar ya!

 

O va a terminar con nosotros.