Argentina celebra el Día de los Jardines de Infantes en homenaje a Rosario Vera Peñaloza, una mujer imprescindible en la historia de la educación

"Educar al niño es prepararlo para la vida".

Rosario Vera Peñaloza

 

Hay lugares y personas que no se olvidan nunca. El jardín y sus docentes ocupan, muchas veces, un lugar entre esos recuerdos que permanecen.

 

Quizás porque allí suceden cosas pequeñas que, con el tiempo, descubrimos enormes. Una mano que se anima a soltarse. Un nombre escrito por primera vez. Una canción aprendida a fuerza de repetición y ternura. Una maestra que se agacha para abrazar, con paciencia, el llanto de un niño. Una sala llena de preguntas, juegos y mundos por descubrir.

 

Hay algo profundamente humano en el Nivel Inicial. Algo que no siempre puede explicarse en planificaciones, diagnósticos o estadísticas. Porque el jardín es mucho más que el comienzo de la escolaridad: es el lugar donde muchas infancias descubren, por primera vez, que el mundo también se habita con otros.

 

Cada 28 de mayo, Argentina celebra el Día de los Jardines de Infantes y de las Maestras y Maestros Jardineros, en homenaje a Rosario Vera Peñaloza, una mujer imprescindible en la historia de la educación. Nacida en La Rioja en 1873, dedicó su vida a pensar las infancias, la enseñanza y el valor pedagógico de los primeros años. Fue pionera en una época en la que todavía costaba comprender qué significaba educar a los más pequeños. Y, aun así, abrió caminos.

 

Rosario entendió algo que hoy las neurociencias del desarrollo, la psicología evolutiva y la pedagogía vuelven a confirmar: los primeros años de vida son fundantes. No porque determinen de manera rígida el destino de un niño, sino porque allí comienzan a construirse las bases emocionales, cognitivas, sociales y vinculares sobre las que seguirá creciendo. Mucho antes de que se hablara de alfabetización temprana, educación emocional o educación inclusiva y diversidad, ella entendía que un niño aprende cuando explora, cuando pregunta, cuando toca, cuando imagina y cuando encuentra a otro que lo mira, lo escucha y le da lugar. Y defendía el juego como herramienta central del aprendizaje.

 

Siempre los convoco a entrar a las salas. Para ver cómo se enseña a esperar turnos, a resolver conflictos, a compartir, a poner en palabras las emociones, a escuchar cuentos, a formular hipótesis, a descubrir sonidos, números, letras y nuevas preguntas. Allí se aprende matemática jugando. Se desarrolla el lenguaje jugando. Se exploran las ciencias jugando. Se aprende a convivir y también a reconocer emociones jugando.

 

Este año, previo a esta fecha, el 26 de mayo, el Ministerio de Educación nos convocó al Primer Encuentro de Prácticas Creativas y Transformadoras de docentes de Nivel Inicial. Y en ese espacio, en el que compartir experiencias fue el eje, una vez más confirmamos que, en el jardín, el aprendizaje conserva algo del asombro. Esa es su poesía. Siembra preguntas. Invita a observar. Construye experiencias. Acerca a las niñas y niños al conocimiento desde la emoción, el movimiento, el arte, la literatura, la exploración y el vínculo con otros.

 

Nada de eso ocurre por azar. Detrás de cada propuesta hay docentes que observan, planifican, intervienen, evalúan y vuelven a pensar. Docentes que sostienen. Que reciben abrazos espontáneos y preguntas imposibles. Que enseñan a confiar, a decir "por favor", pero también "me pasa algo". El Nivel Inicial tiene esa complejidad silenciosa que muchas veces no se ve desde afuera.

 

Rosario defendió el derecho de las infancias a tener un espacio propio dentro del sistema educativo. No solo fundó jardines: fundó una manera de mirar a los niños. Y esa mirada sigue viva. Porque, mientras la sociedad suele mirar el resultado final, el Nivel Inicial trabaja sobre los primeros pasos: la autoestima, la palabra, el deseo de aprender, la posibilidad de convivir con otros. Todo eso será la base sobre la cual se sostendrán las trayectorias escolares.

 

Y después del jardín, un día cualquiera, un niño que aprendió a amar los cuentos pedirá otro libro. Otro que descubrió que sus ideas valen, levantará la mano para participar. Y otro que encontró un adulto que creyó en él empezará, también, a creer en sí mismo.

 

En tiempos donde la infancia muchas veces queda atrapada entre pantallas, urgencias y agendas de adultos, volver a ese momento es preguntarnos qué necesitan verdaderamente los niños. Y los niños necesitan tiempo. Necesitan palabras. Necesitan presencia. Necesitan adultos disponibles. Necesitan jugar.

 

Este 28 de mayo, mientras los jardines se llenen de canciones, disfraces, dibujos y festejos, será un valor extra detenernos un momento y mirar. Pensar en la enorme tarea que allí sucede. Reconocer a quienes sostienen cotidianamente esos espacios de cuidado y enseñanza.

 

Ojalá nunca dejemos de defender el derecho de las infancias a crecer en espacios donde haya tiempo para jugar, aprender, preguntar y ser mirados con amor. Porque en el jardín no solo empieza la escuela. Muchas veces, allí, empieza el mundo.

 

Gentileza Diario El Tribuno de Salta